La ajorca de oro
La ajorca
de oro – (Gustavo A. Bécquer)
Corto de café: El amor te hace cometer locuras…
Robo o
sacrilegio
“Ella era
hermosa con esa hermosura que inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que
no se parece en nada a la que soñamos en los ángeles, y que, sin embargo, es
sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio a algunos
seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra”.
Volvemos
tras lo pasos de Bécquer, regresando por esos caminos llenos de siniestras
ánimas, monasterios que guardan extraños misereres y cruces dominadas por territorios, donde solo mora el diablo, al
final de esta larga ruta se encuentra la ciudad clave de nuestro recorrido,
donde se desarrollará la historia de hoy,
aquella que es famosa por su cruce de culturas y sobre todo, porque está
bañada por el Tajo, y donde luce imponente la catedral, estamos hablando de la
muy noble ciudad de Toledo.
El narrador del relato, siempre
bien presente en el mismo, aclara un punto muy importante desde el principio,
todo es verídico, nada es inventado, pues dice que no añadirá ni una sola
palabra de su cosecha para caracterizar mejor la historia.
Son
dos enamorados Pedro Alonso de Orellana y María Antúnez, que se había
encaprichado de la ajorca (brazalete) de oro que lucía la Virgen de la catedral
de Toledo. El joven, para no decepcionar a su amada decide cometer el robo, una
profanación, sustrayendo la joya para la mujer de sus sueños, bañado entre el
miedo y la posible locura decide actuar en una malpensada noche, sin tener en
cuenta las consecuencias que eso pudiera originar.
El amor es capaz de todo, tanto
para bien como para mal, el amor conduce a la perdición, a la locura, hasta
para vencer la superstición como le sucedió a Pedro Alonso, tomando una de las
peores decisiones de su vida…
“Yo se la
arrancaría para ti, aunque me costase la vida o la condenación, Pero a la
Virgen del Sagrario, a nuestra Santa Patrona, yo… yo que he nacido en Toledo,
¡imposible, imposible!"
En aquella fatal noche cuando ya
tenía la ajorca en sus manos, ocurrió algo impensable, inaudito. La
catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas con luengos y no
vistos ropajes, habían descendido de sus huecos y ocupaban todo el ámbito de la
iglesia y lo miraban con sus ojos sin pupila. Sí, le acusaban, inculpándole con
sus miradas del horrible crimen que acababa de cometer. El resultado final es
que, ‘el infeliz estaba loco’.
Post scriptum:
María Antúnez quizá nos pueda recordar a Eva
cuando tentó a Adán, también el contraste entre una mujer llena de virtudes,
como pudiera ser la Virgen y otra con “defectos”, encaprichándose de la
ajorca de la venerada santa, dejándose dominar por la codicia, y llevando en
parte a la perdición de Pedro Alonso, aunque él es igual de culpable que ella.
Aunque
Bécquer y sus leyendas nunca pasarán de moda y, siempre gustarán por el igual,
hay una cosa bien clara, “El monte de las ánimas”, siempre seguirá
siendo la favorita entre el gran público, y yo, naturalmente, no opino lo
contrario.
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