Bestiario

 



Bestiario – (Mario Benedetti )

 

 

Minicuentos (20): Una asamblea muy animalaria.


 

En el Orden del Día

               

   Seguimos introduciéndonos en la literatura breve (simpática, como es el caso de hoy) de Benedetti, con un relato muy “bestial” (1), pero que describe perfectamente la vida diaria, de los habitantes de un planeta que no nos diferenciamos (en bastantes ocasiones) del mundo animal, aunque a veces estos últimos tengan más raciocinio que nosotros.

  El cuento siempre fue considerado un género menor -menuda estupidez-, y a los que dicen tales afirmaciones les recuerdo un punto importante, que es muy probable que hayan pasado por alto, el cuento es el género más antiguo del mundo, al igual que hay editoriales que cuando les mandas un manuscrito te piden entre otras cosas que no sean ni cuentos ni relatos. ¿Rechazarían a Benedetti?, creo que sí, prefiriendo tochos, verdaderos ladrillos escritos por los “negros” de turno, para loor y gloria del renombrado autor…, pero dejémonos ya de críticas que no llevan a ninguna parte, ni resolverán los problemas de un nutrido grupo de letraheridos, así que, pasemos a transcribir este gracioso relato, cuento más bien, para disfrute de todo aquel que le apetezca leer.

(1)   Recordar que bestiario en la literatura medieval era una colección de relatos, junto a descripciones e imágenes de animales reales o fantásticos, y en este cuento tenemos una verdadera y casi larga relación de los mismos.

 

La asamblea anual de la Fauna Artística y Literaria fue convocada, en primera citación, a las 20 horas, y en segunda a las 21, pero solo se logró el quórum necesario en el segundo llamado.

Faltaron con aviso el Mastín de los Baskerville, el Cisne de Saint Saëns y Moby Dick de Melville; sin aviso, las Moscas de Sartre y la Trucha de Schubert. Estuvieron presentes: el Loro de Flaubert, el Asno de Buridán, la Paloma de Picasso, los Centauros de Darío, el Cuervo de Poe, el Rinoceronte de Ionesco y las Avispas de Aristófanes.

En el Orden del Día figuraba un punto único: la designación del Rinoceronte de Ionesco como presidente vitalicio y omnímodo.

El Centauro (Orneo) de Darío comenzó diciendo: «Yo comprendo el secreto de la bestia.»

El Asno de Buridán no pronunció palabra pero dio a entender que ni fu ni fa.

El Loro de Flaubert tuvo una intervención tripartita e insólita: «Cocu, mon petit coco», «As-tu déjeuné, Jako?», «J’ai du bon tabac».

Otro Centauro (Caumantes) de Darío apoyó a su congénere Orneo: «El monstruo expresa un ansia del corazón del Orbe.»

El Rinoceronte de Ionesco movió lentamente el cuerno pálido y manchado, como un modo sutil de darse por aludido.

La Paloma de Picasso se acercó volando y su breve excremento cayó como un decisivo comentario sobre la impenetrable testa del candidato.

No obstante, la propuesta de los Centauros de Darío flotaba en el aire, de modo que las Avispas de Aristófanes opinaron a cappella: «No, nunca, jamás, mientras me quede un soplo de vida.»

El Loro de Flaubert, reiterativo, pretendió intervenir:

«Cocu, mon petit coco», pero el Cuervo de Poe abrió por fin su pico. Todos callaron, hasta el Loro.

Dijo el Cuervo: «Nunca más.»

 


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