Juguemos a los venenos


 


Juguemos a los venenos – (Ray Bradbury)

 

 

Corto de café: Todo ha sido un simple juego de niños.

 

Esta entrada puede contener espóilers.

 

El impredecible señor Howard


Relectura:

 

—¡Te odiamos!

Y los dieciséis chicos y chicas juntos, agolpándose y resollando, abrieron una ventana. Había tres pisos de altura hasta la acera. Michael se debatió.

 

  Era un abnegado (eso parecía, pero las apariencias engañan) profesor de primaria con unas extrañas ideas, creía que los niños eran pequeños monstruos salidos del infierno, donde el demonio no podía soportarlos, con unas mentes totalmente incivilizadas, dicho esto nos podemos hacer ya una ligera idea de como era este hombre conocido con el nombre de señor (se lo tenía muy subido) Howard, que rimbombante tintineaba a los oídos de los demás, pero a él le sonaba como a más importante, haciendo prevalecer su puesto y posición ante los pobres púberes, que no tenían más remedio que aguantarle.

  Antes, debemos de aclarar una cuestión, algo muy importante. Siete años antes, un grupo de alumnos de los cuales estaba al cargo, que tenían entre ocho y nueve años de edad, habían tirado por la ventana a un compañero, al que le hacían bullying, aunque de aquella esta palabra no se llevaba, era llamada acoso. Al susodicho profesor de los demonios, le encantaba asustar a los niños soltándoles unos tremendos discursos, sermones llenos de diatribas, soflamas y demás, en un palabrerío imposible de traducir a palabras entendibles para el “mundo chico”, con el único fin de mantenerles a raya, pensando que de esta forma irían por el buen camino, su camino, disfrutando con ese momento. Hasta que un día se enteró de cómo se juega a los venenos, y el asunto empezó a cambiar para desesperación suya.

“Si salta uno sobre la tumba de un hombre muerto, queda envenenado, cae y se muere…”

  

La maldad del Sr. Howard tuvo su merecida recompensa

 (…) día tras día, semana tras semana el odio, ojeriza, inquina o rencor, da igual como queráis llamarlo fue creciendo de forma mutua entre los niños y el maestro, porque él nunca había sido niño, él nunca había jugado ni disfrutado de la vida de la misma forma que lo hace un niño, los detestaba -era un Herodes de cuidado-, le indigestaban sus juegos, sus canciones, sus bromas…, y en una de esta bromas mordió el anzuelo, algo cedió de forma sorpresiva bajo sus pies, donde una avalancha de tierra cayó sobre él, cubriéndolo por completo, siendo engullido por las fauces de lo desconocido, hacia lo más ignoto de lo profundo, convirtiéndose en una lápida con nombre, lugar en el que los niños, esos a los que tanto odiaba jugaban a los venenos.

 

Y los adultos, siendo como son, muy poco observadores, no prestaron atención a los niños que jugaban a los venenos en la calle Oak Bay durante todos los otoños siguientes. Ni siquiera cuando los niños saltaban sobre un bloque cuadrado y extraño de cemento, miraban a su alrededor y observaban después las marcas que había en el bloque y que decían:

SR. HOWARD – R.I.P.

 


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