Suzuran

 




Suzuran – (Aki Shimazaki)

 

Largo de café: Suzuran, el lirio del valle.

 

Anagama (1)

 

   Cae la noche. Entro en mi apartamento donde no hay nadie.

Tengo hambre. Mientras me preparo una ensalada, caliento el curry que sobró de ayer. Sentada a la pequeña mesa de la cocina, empiezo a cenar, un poco tarde”. No oigo más que el tictac del reloj”.

 

 

Introductio:

   Cuando uno lee estas primeras líneas marchitas, como les sucede a las flores que poco a poco se van muriendo, llenas de silencio y soledad, rodeándote una calma total, pues se acerca el final del duro día, con las que comienza el libro, un olor a lirios y a cerámica cocida en leña, invade sin apenas darnos cuenta, nuestro sillón de lectura, dándonos a entender que nos vamos a enfrentar con un relato lento, como la cocción  de las piezas de cerámica que moldea Anzu (2), nuestra principal protagonista y narradora en su horno de leña, pero lejos de toda duda, no lo es, siendo más bien una tranquila narración, una feelgood lit de superación y buen rollo que está tan de moda, donde se nos mostrará el estilo de vida japonés, destacando por encima de todas las cosas, esa forma que tienen de ver la vida, ese mundo oriental que tanto atrae a muchas personas.

Scriptum:

  Un jarrón de arcilla es el que da título y cuerpo a la historia, también vida. Una pieza con forma de campanilla, y Anzu la autora de la misma, es una reputada ceramista, y su vida, como las que le rodean, se van moldeando y cociendo a medida que se va desarrollando la historia delante de nuestros ojos.

  Una historia tradicional muy japonesa, que se asemeja la loza tradicional que posee y trabaja el país del sol naciente, en este caso he notado una pequeña diferencia al respecto de otras obras anteriores que he leído, novelas del mismo estilo y procedencia. Los protagonistas parecen ser que socializan un poco más que en otras ocasiones, no teniendo miedo de expresar sus sentimientos más íntimos (menuda novedad), y la teoría del apego la tienen más cercana, más próxima a nosotros, con expresiones de cariño bastante acentuadas, muy lejanas de esa forma ceñuda con la que se comunican con los seres más queridos, un cariño, vuelvo a repetir, que les cuesta mostrar.

 

  “Voy a la cocina. Limpio la taza y vuelvo a mirar el ramo de Suzuran (3). Murmuro: ‘Amourette…’ Una palabra que me enoja y que me recuerda a mi hermana. El sueño de esta noche sigue preocupándome. Vuelvo a preguntarme: ¿quería vengarme de Kyoko?

 

Ultílogo:

  Hay belleza en el lenguaje, hay belleza en el paisaje, con la playa de Yumigahama y el monte Daisen siempre muy presentes, mientras entre página y página iremos saboreando varios platos típicos de la gastronomía japonesa, que nos harán la boca agua.

 También es un relato de resiliencia y superación, un relato lleno de amor y positividad frente a las adversidades, que se lee en un santiamén, dejándonos un buen sabor de boca, como los platos que saborearemos a lo largo del relato, que en algún momento me ha recordado a los que aparecen en “las historias y misterios de la taberna Kamogawa”, pero con menos nivel. Finalmente destacar un apunte final, la relación existente entre las dos hermanas, Anzu y Kyoko, la primera pasiva, la segunda controladora. Un trato entre ellas que parece ser no es muy estrecho, porque sus personalidades, son bastante opuestas. El final es apoteósico, yo los llamo de trompeta y tambor, un final de cine, donde la frade ‘The End’ ocupa un lugar prioritario, precisamente por eso, porque el fin, es precisamente el fin, porque el relato empieza con un viaje y… termina también con un viaje.

 

 

Me llamas sin voz,

como una campanilla muda.

Aún así, ¡yo te oigo Suzuran!

Te amo desde siempre

desde antes que naciera.

 

 

(1)  Anagama: horno de leña para la cocción de cerámica.

(2)  Anzu: albaricoque.

(3)  Suzuran: lirio del valle.




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