Los besos en el pan
Los besos en el pan – (Almudena
Grandes)
Largo de café: Una historia cualquiera, en una ciudad
cualquiera…
Héroes
del día a día
“Los
niños que aprendimos a besar el pan hacemos memoria de nuestra infancia y recordamos
la herencia de un hambre desconocida ya para nosotros, esas tortillas francesas
tan asquerosas que hacían nuestras abuelas para no desperdiciar el huevo batido
que sobrada de rebozar el pescado. Pero no recordamos la tristeza”.
¿Qué ocurriría si cada minuto
que pasase contásemos nuestras cicatrices y perdiéramos la cuenta de las mismas?
Una breve introductio:
Cuando
empecé a leer esta historia de gente corriente, mis estímulos lectores fueron
cogiendo una velocidad vertiginosa, y después de varias eclécticas lecturas
tenía ganas de ir cambiando de marcha en una lectura, pero todo lo que sube
baja, entonces… el asunto se fue desinflando como un globo de feria para mi
pesar, las emociones iniciales, como un niño con zapatos nuevos, se fueron
marchando sin pedir permiso hacia otros lugares más cálidos, entrándome unas
ganas terribles de terminar la lectura del ejemplar, al igual que un aburrido
tema de oposición, que se fue convirtiendo en un verdadero mamotreto difícil de
digerir, invadiéndome las prisas por terminarlo, libro que hubiera dejado sino
fuera porque pertenece al club de lectura al que soy un asiduo seguidor (espero
que por muchos años), el de Asempa on line, y uno tiene que ser
honrado, manteniendo los compromisos iniciados.
Argumentum personae: Me
explico.
Esperaba
encontrarme con una de esas maravillosas historias donde aparece gente normal,
los auténticos héroes anónimos del día a día, esos que son los encargados de
que este maldito mundo, sin solución alguna -por lo menos de momento, salvo
que un dios del Olimpo lo evite- hacen mover al mundo, sí, esa gente
corriente y moliente (tú y yo, la maciza vecina del segundo, que te tropiezas
con ella en el rellano de la escalera, cuando se estropea el viejo ascensor de
las narices, que nunca tiene solución), aquellos que tienen un sueldo normal,
con un trabajo normal y que por suerte también tenían que trabajar con gente
normal, pero… era o es una novela demasiado coral, demasiados personajes, que
se fueron convirtiendo en más planos que toda la meseta castellana junta (cada
vez más, de una forma insoportable a medida que avanzaban los párrafos, a
medida que avanzaban las páginas, a medida que el muro del tío Calasparro, ese
que nunca huele a geranios, se me caía encima), haciéndose insufrible, una
subida al Kilimanjaro en la lejana Tanzania, que se iba haciendo imposible de
escalar.
“La
rabia sí, las mandíbulas apretadas, como talladas en piedra, de algunos
hombres, algunas mujeres que en una sola vida habían acumulado desgracias
suficientes como para hundirse seis veces, y que sin embargo seguían de pie”.
Luego,
cuando creía que iba a tener unos momentos de alivio en mi dilatada, que digo dilatada,
monótona lectura, llega la confusión, a ese cruce de caminos que te rompe la
brújula por completo, no sabiendo si estaba leyendo o participando en ese gran
concurso televisivo sábado en la noche, en un horario prime time llamado
‘¿Quién es quién?’, y el concursante responde siempre de la misma manera
y de forma compulsiva ante tal estúpida pregunta la siguiente frase aprendida
de carretilla, ‘no tengo ni pajolera idea’ de quién es semejante
personaje, ganándote los abucheos, la ira escondida del público, que paga todo
el ´puteo’ semanal contigo y, como premio final, queda la imagen de tu cariturizada persona, quedando
como el más tonto de los españoles.





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