El tranvía
El tranvía – (Emilia Pardo Bazán)
Corto de café: Relatando una época.
Una
instantánea costumbrista
“Los últimos fríos del
invierno ceden el paso a la estación primaveral, y algo de fluido germinador
flota en la atmósfera y sube al purísimo azul del firmamento. La gente,
volviendo de misa o del matinal correteo por las calles, asalta en la Puerta
del Sol el tranvía del barrio de Salamanca”.
Introductio más un breve argumentum:
Seguimos
acompañados de doña Emilia, y que de la mano de ella nos lleve hacia esos
lugares donde suceden sus historias que, aunque acaezcan en la capital de
España no están muy lejos de Santa Minia de Tornelos, uno de sus lugares
mágicos en la amada Galicia, lugares donde suceden las historias que más
pronto que tarde plasma en el papel con la ligereza de su icónica pluma.
En este
caso, en el que se desarrolla el relato de hoy, nos quedaremos en el Madrid de
su tiempo, para montarnos en un tranvía cualquiera, bueno, os estoy mintiendo,
el tranvía del barrio de Salamanca. Allí se fijará en los viajeros que
se encuentran en el interior del mismo, pues los hay de toda ‘especie’ y clase
social (algunos muy peripuestos y estirados), pero con especial atención, nos
fijaremos en los asientos donde está una pobre mujer, en todos los aspectos de
la palabra, en compañía de su hijo pequeño, que tiene una peculiaridad muy
especial, al que lleva en sus delgados brazos. Cuando llega el revisor para
cobrar el correspondiente billete le comenta que… no tiene el dinero necesario
para llegar al final del trayecto.
Es aquí,
justo en ese momento cuando surge esa Pardo Bazán que todos conocemos y
admiramos, allí nos muestra las condiciones de vida de aquellos tiempos, unos
muy arriba otros muy abajo, adinerados, presumidos, aposentados en la buena
vida… pero algunos, están los menesterosos, representados en la terrible
experiencia de una mujer de humilde condición que viaja con un pobre niño, casi
un bebé, en tiempos de desfases sociales, económicos y educativos, que ella
denuncia, sacándolos a la luz. Es el realismo de doña Emilia en su más fina
esencia, una crudeza social que ella naturalmente no puede pasar por alto.
“Sospeché
que aquella mujer del mantón ceniza, pobre de solemnidad sin duda alguna,
padecía amarguras más crueles aún que la miseria. La miseria a secas la acepta
con feliz resignación el pueblo español, hasta poco hace ajeno a
reivindicaciones socialistas”.




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