Las sirenas y Ulises






Ulises, Kafka y los demás 

 

 

Corto de café: No las escuches, huye de ellas Ulises.

 

Odiseo, vuelve a casa

 

Introductio:

  Ya sabéis que soy un pesado, y que muchas veces recalco siempre la misma historia, dando en toda ocasión que puedo y que me dejan la turra, en especial con la dichosa máquina del tiempo, que con los espejos, las escaleras, sobre todo las de Jacob -las que te privan de la accesibilidad prefiero no hablar, porque me voy a encabronar-, las puertas y los espacios transversales (entre otras cosas) me traen de cabeza, para qué vamos a negarlo, pero las sirenas, esas sí que dan que hablar, porque “haberlas hailas”.

 Estos personajes medio mitológicos, medio reales, cuasi ficticios, llenas de belleza, lavanderas nocturnas de los mares, y cantarinas como ellas solas, no es la primera vez que asoman  la cabeza por esta silenciosa bitácora, porque servidor también ha sido hipnotizado por ellas, lo mismo que a Kafka, que quedó extasiado por su silencio, como las sirenas de Bagdad, que viven tanto en mundos góticos como bélicos.

   Xanas, janas, sirenas, maruxainas, pincoyas, qué más da, todas son hermosas y todas guardan bonitas historias en su interior, voces que deberían de ser escuchadas, por eso Odiseo deseó correr ese riesgo, por alcanzar el inalcanzable éxtasis que solo está cerca de los dioses, de aquellos elegidos que pasarán a la gloria. El conocimiento y el saber de los buscadores de la alquimia está escondido en el canto de las sirenas. Ulises es el único mortal entre los mortales que salió vivo para contarlo, el resto... quién sabe lo que ocurrió con ellos, quien sabe lo que ocurrió con sus vidas.

  Mientras tanto, Caronte espera su turno en la laguna Estigia con ganas de realizar algún que otro viaje, porque cada vez que mira el reloj se da cuenta que el tiempo se agota, matando el aburrimiento de mala manera, porque en el Hades también hay sirenas, y esas no te pedirán la luna.



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