Un artista del trapecio
Un
artista del trapecio – (Franz Kafka)
Corto de café: Buscando la perfección artística.
Sin
descender jamás al suelo
“Todas sus necesidades —por otra parte muy
pequeñas— eran satisfechas por criados que se relevaban a intervalos y
vigilaban debajo. Todo lo que arriba se necesitaba lo subían y bajaban en
cestillos construidos para el caso”.
Introductio:
Kafka tiene un mundo muy particular pero para nada extraño. Simplemente hay que abrir esa pequeña puerta que separa su espacio transversal del nuestro y, ya está, entonces sabremos que une en verdad lo real de lo fantástico, si es que en realidad hay algún mundo que los separe. Él no pide que lo conozcamos en plenitud, pues cada uno de nosotros somos conocedores de nuestra propia locura, tan solo quiere que nos acerquemos un poco, y lo que llamamos extraño, ya no lo será tanto. Post tenebras lux.
En "Un artista del trapecio", Kafka nos muestra cómo somos en realidad, cómo es la sociedad en que vivimos y, cómo podemos llegar a ser los seres humanos, hasta que extremo uno es capaz de llegar para conseguir sus fines (una lucha en vano), por buscar esa perfección que no lleva a ninguna parte, por ser aceptados, aplaudidos, reconocidos, ser el espejo en el cual mirarse, que nos digan que somos únicos e intransferibles, darlo todo por una profesión, en este caso el arte (tema que tocó en su relato "Un artista del hambre"), donde la tiranía del mismo sacrifica a las personas para conseguir lo inconseguible, un abrazo del diablo que puede resultar bastante peligroso, para tocar con la punta de los dedos esa efímera fama, que nunca llega, de cuyo nombre no me quiero acordar.
Ultílogo:
Sí, no hemos cambiado nada, y hemos conseguido cosas, pero por mucho que viajemos nunca llegaremos a ninguna parte, porque nunca encontraremos ese end on the road. Hacemos el amor a base de pantallazos de móvil, y nos quedamos tan panchos. La sociedad cada vez socializa menos, menuda novedad, (este hecho se puede ver bien claro en el protagonista del relato), bien guardados en un caparazón diseñado a nuestra medida, hecho con la capacidad mínima, es decir, la de una sola persona, un solo yo, que es el nuestro, en un egoísmo que no es digno de elogiar.
Buscamos la llamada perfección y, nuestra heredada imperfección nos convierte en inadaptados, bukowskis de tres al cuarto, telepasión barata, en un cóctel de difícil digestión y de muy mala calidad, que trae consecuencias poco deseadas. El mundo y tú, o dicho de otra manera yo primero, y a una distancia muy lejana eso que llaman mundo, que es bien diferente. A pesar de todos los problemas que conlleva, la vida es muy bonita, no dejemos que la insatisfacción nos venza.



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