La leyenda del astrólogo árabe

  



La leyenda del astrólogo árabe – (Washington Irving)

 

Corto de café: En un lugar de Granada.

 

El jardín de Irem



 “(…) y, lo mismo que el jardín de Irem, lo protege un encanto poderoso y eficaz que lo esconde de la mirada y de la ambición de los mortales, excepto de los que poseen el secreto de sus maravillosos talismanes”.

 

La locura del rey o el paraíso de los tontos…


Introductio:

   El relato es un auténtico pasarrato, una lectura para amantes de los clásicos de toda la vida y, también para los estudiantes, en especial para aquellos que tengan que leer el relato en algunas de las lecturas habituales durante el curso escolar, como las ya conocidísimas “Rimas y Leyendas”, de un romántico empedernido como era Bécquer.

   Aquí nos encontramos con un cuento lleno de fantasía (a raudales), mezclada con sus buenos tintes de historia, probablemente para hacerla más real y, sobre todo creíble, he ahí el truco.

Argumentum:

  Un astrólogo árabe ya anciano (pero bastante, de esos que se dicen que son más viejos que las carreteras), aparece por la ciudad de Granada, para ayudar al rey moro del lugar, Aben-Hazuz, que como era más malo que la carne de pescuezo, se había creado multitud de enemigos, que estaban más que dispuestos a conquistar la bella ciudad, quedándose al mismo tiempo con todos lo tesoros acumulados por el reyezuelo, después de tantos años de arrasar, robar y enemistarse con todos los vecinos de los alrededores, ya que aprovechó el tiempo, y no dejó a títere sin cabeza, menuda pieza de tío, porque era muy aficionado (más de la cuenta), a quedarse con los bienes ajenos.

   Este mago perspicaz, conocedor de secretos y poderes ocultos, adquiridos a lo largo de su intensa y extensa vida, crea un artilugio bastante ingenioso, que es capaz de adivinar cuando alguien tenía la intención de invadir la ciudad, pero el poder no dura toda la vida, ni poder predecir siempre cuando tus acérrimos y odiados enemigos se acercan con malas intenciones, (pues ganas había y tenían de darle una buena lección al individuo), para derruir los muros de la gran ciudad. 

   Todo más o menos va funcionando según lo esperado, según lo tenía previsto el anciano astrólogo, campeón de los augures de tiempos remotos, con lo que el egoísta rey parecía estar satisfecho, si es que se puede utilizar esta palabra con un hombre que nunca está contento con nada, por muy bueno que fuera. Este oscuro sabio, vuelvo a repetir que conocedor de negros arcanos, responde al nombre de Ibrahim Aben Habuz Ajib, -al que le faltaba otro nombre más para formar un equipo de baloncesto-, hasta el justo momento en que llega a la ciudad una bella prisionera, princesa goda para más señas, cristiana de fe, de la cual, cómo mandan los cánones, se enamora perdidamente el anciano rey, que no entra en razones pese a las advertencias del mago, que se enemista con el cegado gobernador, porque está viendo venir a toda velocidad los problemas que puede acarrear tal circunstancia.


  “Mientras Aben Habuz contemplaba embobado y maravillado los dos talismanes emblemáticos, fue adelantando el palafrén de la princesa cristiana, que cruzó el pórtico y la adentró en los umbrales”.


Ibrahim Aben Habuz Ajib, nuestro astrólogo árabe y bien conocedor de todas las artes oscuras, habidas y por haber.


Ultílogo:

   El verdadero poder no reside en la riqueza, ni en los conocimientos, ni tampoco en ser el poderoso gobernante de medio mundo (como quiere algún quisquilloso político con apellido onomatopéyico), tampoco en ser conocedor de las artes oscuras más poderosas, digno maestro de esta asignatura en el conocido castillo de Hogwarts, para magia y hechicerías, sino en la astucia, algo que posee la princesa goda.

   Un paisaje lleno de magia e historia, con la ciudad de Granada bien presente, siempre de fondo, ese reino nazarí del que tanto se ha escrito, unos “Cuentos de la Alhambra” que nos llevarán a mil y un lugares, y esa Alhambra que tiene su leyenda -no podía ser de otra forma-, ese secreto que sale a la luz mediante esta historia, que se lee de corrido. Una goda prisionera, una lira de plata, varios conjuros y, la famosa ciudad de Iram, paradisíaca visión del Corán, que no está tan lejana como parece.


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