Vitorio
Vitorio – (Emilia Pardo Bazán)
Corto de café: El capitán de forajidos.
Un
bandido generoso
“Sí, señores míos -dijo el viejo marqués, sorbiendo fina
pulgarada de «cucarachero», golpeando con las yemas de los dedos la cajita de
concha, lo mismo que si la acariciase-. Yo fui, no sólo amigo, sino defensor y
encubridor de un capitán de gavilla. ¿No lo creen ustedes? ¡Histórico,
histórico! A mi ladrón le ahorcaron en Lugo, y consta en autos”.
Introductio:
Hoy viajaremos por tierras de
Lugo, visitando lugares como Monforte, conociendo a un capitán de forajidos
algo diferente al resto de congéneres, pues era un hombre de letras y modales
refinados. ¿Qué le hizo cambiar?
Este defensor de las causas más justas
(en ocasiones) tuvo un incidente en su vida que le cambió por completo, momento
en el cual pasó de la más pura realidad a la peor de las pesadillas, -también
de los comportamientos-. Fue esa maldita carta que lo dispuso contra
el mundo, contra la vida, pero todavía quedaban muchas cosas malas por
venir.
Los Adrales, Monforte, Lugo y sus
aledaños fueron testigos de sus fechorías, de sus peligrosas andanzas, porque a
pesar del miedo y pavor que le tenían en boca de todos siempre destacaban las
mismas palabras, “era un bandido generoso”. Tanto va el cántaro a la fuente que toda historia tiene su final, y
esta no acaba nada bien, pues la perdición del hombre llega y finaliza de la
forma menos esperada.
Ultílogo:
Un Robin Hood gallego que acepta su fatídico
destino (también su final), un ladrón generoso, amigo de los amigos del pasado,
que asume las consecuencias de los actos realizados a lo largo de su delictiva
vida, y sobre todo, es consecuente con
el castigo que va a recibir.
Una
historia ocurrida mucho tiempo atrás, y que el narrador, ya anciano omite el
nombre y apellidos del conocido ladrón, porque era un hombre de muy buena
familia y, hay que preservar el buen nombre de la misma, algo que no sucedería
si el autor de tales crímenes fuera un hombre con apellidos normales y
corrientes, un ser anónimo más de este mundo, de una clase social digamos que…
baja, entonces, en ese aspecto, no habría ningún perdón con el anonimato.
“Y con gallardo ademán entreabrió su abrigo, viéndose relucir la culata
de unas pistolas (quizás las mías). El trémulo canónigo y el abochornado
clérigo alzaron el ladrillo y entregaron a Vitorio los talegones. El forajido
se inclinó, hizo mil cortesías, y los hombres, que con un grito hubieran podido
perderle, se quedaron más de diez minutos sin habla, mientras él,
tranquilamente, bajaba las escaleras”.





Comentarios
Publicar un comentario