El tiovivo
El
tiovivo – (Ana María Matute)
Corto de café: Un día de feria en una feria
cualquiera.
No
tenía perras gordas
Personalis sententia:
Retornamos al no muy lejano año de 1956, en
una feria cualquiera de aquellos tiempos, para hojear un relato de nuestra
amiga Matute, donde nos muestra a otro de sus “niños tontos”, que de tontos no
tenían un pelo, sobre todo en épocas de pobreza y miseria para la gran mayoría
de las familias que poblaban el país, y había que buscarse la vida de la mejor manera
posible.
A veces decimos la manida frase de… que
poco cuesta divertirse, pero para el niño del relato es tan solo un sueño, una
ilusión, un cuento chino, una quimera imposible de tocar con los dedos de la
mano, que le hace pensar en lo maravilloso que podría ser montar en ese tiovivo
que da vueltas y más vueltas sin fin. ¿Es hermoso no ir a ninguna parte?
Tiempos de exclusión social, donde
la justicia social brillaba por su ausencia, en ocasiones, y según el
nicho social en el que nacemos, o en el código postal en el que vivimos,
que tristes pueden ser nuestras diversiones y que maravillosas las ajenas, porque
hoy día muchas personas, sobre todo niños, siguen mirando al suelo en busca de
una moneda perdida.
“El niño que no tenía perras gordas merodeaba por la feria con las manos en los bolsillos, buscando por el suelo. El niño que no tenía perras gordas no quería mirar al tiro en blanco, ni a la noria, ni, sobre todo, al tiovivo de los caballos amarillos, encarnados y verdes, ensartados en barras de oro. El niño que no tenía perras gordas, cuando miraba con el rabillo del ojo, decía: “Eso es una tontería que no lleva a ninguna parte. Solo da vueltas y vueltas y no lleva a ninguna parte”. Un día de lluvia, el niño encontró en el suelo una chapa redonda de hojalata; la mejor chapa de la mejor botella de cerveza que viera nunca. La chapa brillaba tanto que el niño la cogió y se fue corriendo al tiovivo, para comprar todas las vueltas. Y aunque llovía y el tiovivo estaba tapado con la lona, en silencio y quieto, subió en un caballo de oro que tenía grandes alas. Y el tiovivo empezó a dar vueltas, vueltas, y la música se puso a dar gritos entre la gente, como él no vio nunca. Pero aquel tiovivo era tan grande, tan grande, que nunca terminaba su vuelta, y los rostros de la feria, y los tolditos, y la lluvia, se alejaron de él. “Qué hermoso es no ir a ninguna parte”, pensó el niño, que nunca estuvo tan alegre. Cuando el sol secó la tierra mojada, y el hombre levantó la lona, todo el mundo huyó, gritando. Y ningún niño quiso volver a montar en aquel tiovivo”.



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