El
eclipse – (Augusto Monterroso)
Minicuentos (56): Sacrificios ante el altar
Introductio:
No me canso de decirlo y repetirlo, pero los cuentos de los autores
iberoamericanos es de lo mejor que uno como lector puede echarse a la boca, y
el relato de hoy, del hondureño Augusto Monterroso, Premio Príncipe de Asturias
de las Letras, es un claro ejemplo del mismo, y si alguno tiene alguna duda, lo
trasliteramos a las líneas de esta silenciosa bitácora que de vez en cuando
leéis, y que yo agradezco de todo corazón, porque para mí, el relato es uno de
los géneros literarios más difíciles de practicar dentro del mundillo
literario.
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió
perdido aceptó que ya nada pudiera salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo
había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se
sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna
esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante,
particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto
condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el
celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro
impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a
Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores,
de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido
un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras
que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su
cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para
ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo,
valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
—Si me matáis —les dijo— puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en
sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin
cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé
Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios
(brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los
indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas
fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de
la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda
de Aristóteles.
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