La lluvia amarilla





La lluvia amarilla – (Julio Llamazares)

 

 

Largo de café: "A partir de ese día, la memoria fue ya la única razón y el único paisaje de mi vida".

 

Ainielle


 

   "Cuando lleguen al alto de Sobrepuerto estará, seguramente, comenzando a anochecer. Sombras espesas avanzarán como olas por las montañas y el sol, turbio y deshecho, lleno de sangre, se arrastrará ante ellas agarrándose ya sin fuerzas a las aliagas y al montón de ruinas y escombros de lo que..."

 

Introductio:

   Hay libros que te desgarran por dentro, otros te crean conflictos internos, y unos pocos pueden ser considerados como una obra maestra, como es el caso del título que da paso a esta reseña, que nos recalca la importancia de mantener nuestras remembranzas (alcordances, como decimos por estos lares), bien presentes, y que el pasado de nuestros antepasados nunca debe morir, sino que siempre permanezca vivo en la memoria de cada uno de nosotros.

  Siempre he dicho que una buena lectura tiene que transportar y transmitir, el relato en cuestión lo ha conseguido, derrumbándose, derrumbándome, al mismo tiempo que Ainielle se hacía ruinas renglón a renglón, página a página, y cómo la locura de la soledad,  junto a la falta de socialización, hacía mella en el protagonista, que se desintegraba mentalmente al igual que el pueblo, comido por la naturaleza y los elementos, que se desintegraba ante su vista, contemplando poco a poco la desaparición de las casas, que se iban cayendo una a una por la falta de uso, de vida y de mantenimiento.

  ¿Es el protagonista un cabezón empecinado, un hombre obstinado con un imposible cerrajón, que era continuar en el pueblo pase lo que pase, pese a quién pese, cada día con unas consecuencias más nefastas? Perdón por esta pregunta tan kilométrica.

Personalis sententia:

  Llamazares nos da la respuesta en una de sus múltiples entrevistas. "Yo vengo de un mundo que desapareció (Vegamián) incluso físicamente. Nací en un pueblo que está debajo del agua, pero eso es un símbolo". Los símbolos pueden representar el todo y la nada, lo mucho y lo poco, como las banderas, pero la fuerza misteriosa del terruño es muy poderosa, es una fuerza oculta e inaccesible imposible de evitar, puede ser un mal y también una virtud, es ese algo, ese nudo que es muy difícil de deshacer.

  El empecinado, que responde al nombre de Andrés, lucha para que su cultura y sus raíces no desaparezcan, no queden en el olvido, pero cuidado, Llamazares no quiere convencer  a la gente de nada, tan solo quiere hacernos ver el abandono de los pueblos debido a múltiples circunstancias, que aquí no vamos a detallar, además, hay muchas de ellas con las cuales es muy difícil luchar, y el autor de este desgarrador relato quiere dar respuesta a múltiples preguntas, no convencernos con las mismas 

  Si tú eres el último habitante de un desconocido lugar. ¿Qué pensarías al respecto? ¿Cómo actuarías en esa situación? Es muy fácil responder en frío, pero en caliente probablemente nuestra decisión sería distinta, bien diferente a la del resto, sobre todo cuando ves que el mundo que te rodea poco a poco se viene abajo (se desmorona, sin que tú puedas hacer nada al respecto), para eso no hay ningún tipo de respuestas.

  Puede ser un alegato de 'una vuelta al campo', a abandonar la estresante ciudad, pero tengo el convencimiento -presentimiento- de que es una defensa a la denominada soledad deseada, es un ejercicio de fijación de la memoria.

  "Si mi memoria no mentía. 1961, si mi memoria no mentía. ¿Y qué es, acaso, la memoria sino una gran mentira?"

 

 Porque nuestros recuerdos pueden ser falsos y engañosos.

 

Club de lectura Asempa.



 


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