El guaje
El guaje – (Ramón J. Sender)
Minicuentos (54): Sucedió en Asturias.
Octubre
del 34
Introductio:
La
Revolución de octubre de 1934, originada en la cuenca minera asturiana, fue la
antesala de la futura Gerra Civil, que asoló a España desde 1936-1939, pero aquí
no hemos venido a dar ninguna clase de historia o para hablar de política, sino
más bien de un relato de Ramón J. Sender titulado “El guaje”, donde se
nos relata el sinsentido de las guerras, en especial las civiles, pues en ellas
los hermanos luchan contra hermanos, creando una violencia exacerbada contra
gente de nuestra propia sangre, un horror.
El
hombre siempre será un lobo contra el hombre, y la inocencia, por muy duros que
sean los acontecimientos que uno vive nunca se pierde. Este cuento que translitero
hoy aquí lo muestra en sobremanera.
En un viaje a Asturias hemos hecho acopio de anécdotas y de
sucedidos. Se podrían llenar con ellos varios tomos. Cerca de Villafría -en las
afueras de Oviedo- fueron fusilados en varios grupos muchos trabajadores, de
quienes se sospechó que hicieron fuego contra la tropa. Al sacar de sus casas a
uno de esos grupos, el oficial vio que había entre los jóvenes y hombres
maduros un chico de quince años. Hay quien tiene su nombre e incluso su
fotografía. Un muchacho delgado, de rostro infantil y perfil agudo. Podía ser
un guaje (un auxiliar del picador de carbón), de esos que comienzan a
acostumbrarse a las entrañas del monte llevando las piquetas y el farol del
compañero minero, del maestro. El guaje fue maniatado con los demás y
arrastrado al lugar del suplicio, una de esas calzadas que marginan los verdes
prados. Ya allí, el oficial vio su aspecto infantil, y esa voz que cuida de
establecer en todos los casos, dentro del más ruin, las gradaciones de la
vileza, habló a sus sentimientos.
Cuando las manos de los regulares bajaron por el cañón hacia el
cerrojo y los fusiles buscaron la horizontal, el oficial hizo un gesto
conteniéndolos y preguntó al guaje:
- ¿Qué hacías allá arriba -señaló la casa- cuando te prendieron?
El chico dijo que estaba cuidando de su hermano pequeño, de un
niño de dos años.
- ¿Y tu madre? -siguió indagando el oficial.
-Murió.
El chico respondía con esa serenidad que se tiene a los quince
años para lo trágico. El oficial quería saber más:
- ¿Y tu padre?
-También lo mataron.
Después de un pequeño silencio, el chico añadió mirando a la
casa:
-El neño está solo.
El oficial le dijo que tenía ocho minutos para volver a su casa
y dejar al niño al cuidado de alguna persona. Alguien, cerca del oficial, vio
que las colinas, los barrancos, hacían el terreno muy a propósito para escapar.
Esos ocho minutos eran más que suficientes para ponerse a salvo, y se ofreció a
acompañarlo y vigilarlo. El oficial -volvía a sentir dentro la gama de lo vil,
con todas sus gradaciones- se negó. Había previsto la posibilidad de que huyera
y no le disgustaba. Esto no lo dijo. Pero lo pensó otra vez viendo al guaje
perderse en la comba del primer altozano.
Poco después sonó una descarga. Cayó la mitad. Delante de los
supervivientes dieron a los heridos el tiro de gracia y cortaron luego las
ligarzas de cáñamo que les ataban las manos. Minutos después cayeron los
restantes.
Arrastraban los cuerpos a un mismo lugar, amontonándolos. En
esta faena se advertía de pronto que alguno vivía aún y volvían a sonar los
tiros de gracia, espaciados y como vacilantes.
Entonces apareció bajando por la colina, con el paso seguro y
tranquilo, el guaje. Había oído las descargas, estaba viendo transportar los
muertos y rematar los heridos. Y seguía avanzando, impasible.
Ocupó el lugar que le indicaron con un gesto.
No hicieron falta más que tres disparos. Y no hubo que
rematarlo.




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